viernes, 1 de marzo de 2013

BENEDICTO XVI Y LA CONCIENCIA DEL PROPIO LÍMITE

 
-CUANDO LO GRANDE SE HACE PEQUEÑO
-UNA RENUNCIA QUE PASARÁ A LA HISTORIA
-LA RENUNCIA PUEDE SER TAMBIÉN UN PASO IMPORTANTE EN LA RENOVACIÓN DE LA IGLESIA CATÓLICA
No se puede negar que la decisión de renunciar a la silla de San Pedro por parte del papa Benedicto XVI es un acto de grandeza histórica.
No estamos acostumbrados ya a gestos de grandeza histórica. Nadie dimite, abdica, renuncia a su “poder y a su gloria”.
En la iglesia hay que remontarse al S.XIII para encontrar un papa que renuncia al pontificado, en la persona de Celestino V.
El estado del Vaticano es diminuto, pero al papa le siguen 1.200 millones de personas de religión católica esparcidas por toda la tierra, y si recordamos los últimos funerales de un papa, los de Juan Pablo II, recordamos la cantidad de líderes y ex-líderes de todo el mundo que participaron al acto. Quizá porque el mundo carece de líderes espirituales y la figura del papa tiene ese significado no solo para los católicos sino para muchos cristianos no católicos y para personas incluso no creyentes.
Todos se preguntan, nos preguntamos, el porqué de esa decisión tan inconsueta.
Posiblemente Benedicto XVI ha vivido un pontificado de mucho sufrimiento, como él mismo ha dicho en su despedida, “cuando la barca de Pedro a veces se ha encontrado en medio del temporal y Jesús parecía dormir”. Por ejemplo el terrible escándalo de la pederastia y las puñaladas del Vatileaks han podido ser un peso insoportable para la fragilidad de un anciano que cada día más parecía “un cordero rodeado de lobos”, según expresión usada por el mismo Osservatore Romano, órgano oficial de la Santa Sede.
El misterio que ha turbado tanto al papa está escrito en el Informe de los tres cardenales que dirigieron una comisión de investigación sobre los hechos del Vatileaks y que ha dado lugar a numerosas especulaciones y rumores en la prensa.
En los últimos años del pontificado de Juan Pablo II, dada la gravedad y deterioro de su salud, es posible que el papa hubiera delegado a la curia la administración del Vaticano, y que el mismo Benedicto XVI, intelectual de gran valía, profesor, escritor, teólogo y filósofo hubiera también delegado las cosas de la administración vaticana, aunque ciertamente cogió el toro por los cuernos con determinación cuando el terrible escándalo de la pederastia. Ante ese problema enorme el papa no se encogió y lo afrontó.
Ríos de tinta se han derramado sobre los problemas de la banca vaticana y sobre el vatileaks. Eso era ya demasiado y el proceso al “mayordomo infiel” Paolo Gabriele no ha portado luz alguna
Es posible que, dada la ancianidad del pontífice, se hubieran formado al interno de la curia romana grupos de poder en lucha unos con otros en modo muy poco edificante y que nos trae a la memoria las intrigas renacentistas en pleno S.XXI.
Es probable que Benedicto XVI, recordando los últimos años de grave enfermedad de su predecesor, haya consultado con la propia conciencia si sus fuerzas eran las necesarias y convenientes para afrontar tan grandes problemas.
Y que su conciencia le haya respondido que no, que no tenía ya esa fuerza.
Benedicto XVI ha tomado conciencia del propio límite y en un acto a la vez de valentía enorme y de igualmente enorme humildad, de grande que era ha querido hacerse pequeño y renunciar.
El suyo no solo ha sido un acto de valentía sino también “revolucionario en su novedad” .
La iglesia del siglo XXI probablemente deba de ser diferente a la del S.XX. El papa Juan Pablo II y el mismo Benedicto XVI, pertenecían a la generación que vivió la segunda guerra mundial, cada uno en un bloque antitético al otro.
Del Concilio Vaticano II han pasado ya más de cincuenta años y tantas cosas han cambiado en la sociedad.
Todo ha cambiado.
También el papa ha cambiado una tradición centenaria.
¿Su renuncia es también un mensaje?
Europa y Occidente no son ya líderes ideológico-político-económicos mundiales, millones de personas de Oriente, América Latina o África quizá puedan aportar fuerzas renovadas.




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